miércoles, septiembre 2, 2026

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Reputación digital: la lección que deja la crisis de RoRo para las marcas personales

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Hay marcas personales que se reconocen antes de ver el nombre. RoRo, la creadora de contenido conocida por su voz suave, sus lentes grandes y sus elaboradas recetas caseras, logró exactamente eso. Su estética doméstica y femenina la convirtió en fenómeno de TikTok en 2024. La colocó, para bien o para mal, en el centro de una conversación mucho más amplia sobre las llamadas tradwives. Ella rechazó repetidamente esa etiqueta, pero la conversación terminó ayudando a hacerla todavía más conocida.

Desde la perspectiva del branding, aquello era un logro que muy pocas marcas consiguen: diferenciación inmediata y reconocimiento instantáneo. Dos años después, esa misma precisión que la hizo famosa se convirtió en su punto más vulnerable. Cuando una marca personal está construida alrededor de una personalidad tan específica, cualquier duda sobre su autenticidad deja de ser una polémica pasajera. Golpea directamente al producto que esa persona representa.

Cuando la historia deja de coincidir con la percepción pública

La participación de RoRo en La Velada del Año VI debía mostrar una faceta distinta de ella: disciplina y capacidad deportiva. En cambio, abrió la primera grieta seria en su reputación. Horas antes de su combate contra la mexicana Samy Rivers surgió una disputa por el casco especial que RoRo quería usar para proteger su nariz tras una cirugía. Rivers aseguró que su equipo desconocía esas condiciones y llegó a poner en duda la participación de su rival.

El conflicto se resolvió y RoRo ganó por decisión unánime, pero la controversia continuó después del combate. Sandor Martín, coordinador técnico y deportivo de La Velada, afirmó que el equipo de RoRo había comunicado el uso del casco apenas unos días antes del evento. También relató otros desacuerdos sobre las condiciones del pesaje, algo que Rivers cuestionó públicamente. Para la marca RoRo, más allá de quién tuviera la razón, el problema real fue perder el control sobre el significado de esa historia.

Por qué internet no se detiene en una polémica, sino que investiga el pasado completo

Cuando una crisis empieza, el público comienza a rastrear el pasado en busca de patrones. En el caso de RoRo resurgió una publicación antigua en la que, ante la pregunta de si era peruana, había respondido de forma despectiva. Ella reaccionó públicamente y explicó que tenía diecisiete años cuando escribió ese comentario. Se describió a sí misma en ese momento como una persona ignorante y pidió disculpas sin negar lo que había dicho.

Fue una respuesta que reconoció el error, lo contextualizó en el tiempo y no intentó esconderlo. Pero para entonces el problema reputacional ya crecía por acumulación. Las crisis digitales rara vez respetan la cronología: un comentario de hace varios años puede aparecer junto a una controversia reciente y una acusación de apenas horas. Para el algoritmo, y para buena parte del público, todo empieza a leerse como si perteneciera al mismo momento y al mismo patrón de comportamiento.

Cuando cuestionan la autenticidad de una persona, cuestionan también su producto

El golpe más complicado llegó después. La creadora ecuatoriana Galita Ari acusó a RoRo de haber replicado elementos de un formato que ella asegura utilizar desde 2018, entre ellos el tono pausado, los lentes y ciertos recursos de edición. También formuló acusaciones de acoso digital, respaldadas con capturas y videos.

RoRo negó las acusaciones. Aseguró que no conocía personalmente a Galita, que no consumía su contenido y que algunas publicaciones que se le atribuían no eran suyas. También surgieron cuestionamientos sobre parte de la evidencia presentada. Hasta el momento no existe una denuncia formal por plagio.

Especialistas consultados por El Economista explicaron que copiar una personalidad es jurídicamente mucho más complejo que copiar una fotografía o un video. Un estilo no puede protegerse de forma exclusiva, aunque sí pueden estarlo contenidos concretos, el nombre, la imagen o determinadas obras. El problema real para una marca personal no está en los tribunales, sino en la duda que queda instalada en el público. Si el producto que se vende es la propia persona, cuestionar cuánto de esa persona es auténtica deja de ser un debate sobre propiedad intelectual. Se convierte en un debate sobre confianza.  

Por qué la consistencia no basta si la reputación no puede sostenerla

RoRo hizo muchas cosas extraordinariamente bien para construir su marca. Encontró un formato reconocible, desarrolló códigos visuales propios y convirtió actividades cotidianas en entretenimiento. Logró que millones de personas asociaran ciertas expresiones y comportamientos exclusivamente con ella.

Pero la consistencia visual y narrativa, sin una reputación capaz de resistir contradicciones, puede terminar pareciéndose demasiado a un personaje construido. Después de semanas de polémica, RoRo prácticamente desapareció de redes sociales. Reapareció el 19 de agosto de forma sorprendentemente discreta, con una historia paseando por el campo junto a su pareja, sin grandes explicaciones sobre las acusaciones ni una estrategia elaborada de regreso.

La lección que deja este caso para cualquier marca personal

El caso de RoRo ofrece una enseñanza útil para cualquier fundador, ejecutivo, periodista, creador o profesional que esté construyendo su nombre en internet. La marca personal no es lo que una persona publica sobre sí misma. Es la distancia que existe entre lo que dice ser, lo que hace cuando nadie la está cuestionando y lo que el público está dispuesto a creer cuando finalmente alguien pone en duda esa historia.

Es posible diseñar una estética perfecta, encontrar una voz inconfundible y construir una comunidad enorme. Incluso convertir la propia personalidad en un negocio rentable. Pero llega un momento en que la audiencia empieza a mirar detrás del personaje. Ahí el branding deja de ser una cuestión de imagen para convertirse en una cuestión de reputación. Las marcas personales más resistentes no suelen ser las que parecen perfectas, sino las que logran soportar que el público descubra que detrás del contenido hay una persona bastante más compleja que el personaje que aprendió a reconocer en apenas quince segundos de video.

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